El optimismo biológico

Imaginemos un bebé o un niño pequeño en sus primerísimos años mientras aprende a moverse y a realizar las acciones corporales simples que luego lo acompañarán toda la vida. Podemos observarlo cuando aprende a rodar, a elevar su cabeza estando boca abajo, a incorporarse, sentarse, gatear, ponerse en cuclillas, pararse, caminar… 

Ninguna de estas acciones viene dada al nacer. Todas requieren un aprendizaje, con frecuencia trabajoso y persistente. El babé fracasa muchas veces en sus intentos, a veces estrepitosamente. Sin embargo, insiste, prueba de nuevo  hasta que encuentra el camino, el proceso acertado que le permite realizar la acción de manera natural y elegante. Tan natural y elegante que luego la damos por sentada.

Allí tenemos un buen ejemplo de optimismo biológico. El bebé se propone una acción y confía plenamente en su organismo y sus posibilidades. Lo asisten millones de años de evolución biológica incorporados en su sistema. ¿Qué diríamos si después de tres o cuatro fracasos – y caídas – un bebé decidiera que eso de caminar no es para él?

Toda esta sabiduría natural, estas lecciones aprendidas en millones de años de evolución están grabadas en nuestro sistema nervioso. Los caminos sencillos y elegantes por los que podemos hacer y movernos están inscritos en lo profundo de nuestro organismo. Sólo que la mayoría de las veces yacen cubiertos por años de tensiones, malos usos del cuerpo y hábitos de movimiento que carecen tanto de eficiencia como de elegancia.

Cuando mediante el Método Feldenkrais de educación somática nos proponemos aprender a aprender, nos referimos de manera especial a la recuperación de nuestra memoria evolutiva, al reencuentro de los procesos sencillos y naturales – no necesariamente habituales – por los que podemos movernos con ligereza, eficiencia y elegancia.

Esto significa confiar en la sabiduría profunda de nuestro organismo para moverse y actuar aún en lo que damos por obvio todos los días, como un cambio de posición o caminar. La confianza, entonces, nos lleva a descubrir que las respuestas están a nuestra disposición con una facilidad que no creíamos posible.

La sensación que recuperamos entonces es la de un invencible optimsmo biológico.

Ruthy Alon, alumna directa de Moshe Feldenkrais y creadora del programa Bones For Life, dice: “Durante los talleres y clases, y después, prevalece una sensación grata.  La tecnología puede inventar toda clase de sustitutos, como anteojos o aparatos que ayudan a oír, pero hay algo que no puede sustituir: el gozo que proviene del movimiento independiente. Hay una conexión directa entre la calidad de los movimientos y el estado de ánimo. Cuando alguien puede experimentar que puede caminar con elasticidad y ligereza y su cuerpo lo respalda, siente una clase de gozo. Yo llamo a este gozo optimismo biológico“.

Deja un comentario